George Steiner: “Hay que tomar notas, subrayar, luchar contra el texto, escribir al margen” Tema: Entrevistas, Hay que leer
Laure Adler: Acaba de aludir al futuro incierto de la práctica de la lectura. ¿Cree que peligra el futuro del libro y de la lectura?
George Steiner: Siempre habrá lectores. En la Edad Media, durante las invasiones llamadas «bárbaras», quedaba el refugio de los monasterios, en los que todavía se leía. No sabemos cuántos monjes eran capaces de leer, pero en cualquier caso había algunos; en cambio, había muy pocos que fueran capaces de escribir, casi nadie.
Con todo, ser una persona culta es una condición frágil. Una condición que tuvo sus mejores momentos, sus momentos más fecundos, en el Renacimiento, la Ilustración y el siglo XIX. La biblioteca privada —pensemos en un Montaigne, un Erasmo o un Montesquieu— se ha vuelto un lujo raro. El apartamento moderno no está hecho para grandes bibliotecas. Es una excepción. Hoy en día, en Inglaterra, las pequeñas librerías cierran una tras otra, se ha convertido en una pesadilla. En Italia, país que adoro, entre Milán y Bari, en el sur, no hay más que quioscos; ni una sola librería seria. Se lee muy poco en España o en el Portugal rural. Donde reinó el catolicismo, la lectura nunca fue bienvenida.
La lectura, que es una forma —me atrevo a decir— de la alta burguesía, el ideal de la lectura, la educación en la lectura, se desarrollaron rápidamente y conocieron periodos extraordinarios. En el siglo XIX, por ejemplo, ciertos clásicos (Victor Hugo, Dickens) eran best-sellers. En Rusia, leer quería decir sobrevivir humana y políticamente; la relación entre la censura y la gran literatura es compleja y creativa en los países despóticos o políticamente atrasados.
En la actualidad, según me dicen, «los jóvenes ya no leen», o leen digests, o cómics. Nuestros exámenes, hasta en la universidad, se basan cada vez más en selecciones de textos, en antologías, en premios Digest. La expresión misma de reader’s digest, que ha invadido el mundo entero, es algo horrible. Le espera un «premio Digestión». Alguien mastica el alimento y lo digiere. Somos demasiado educados para explicar por qué lado sale. Lo expreso vulgarmente. Bueno.
La lectura requiere ciertas condiciones bastante especiales. La gente no suele darse cuenta. Para empezar, presupone mucho silencio. El silencio se ha convertido en lo más caro y lujoso del mundo. En nuestras ciudades (que en la actualidad funcionan veinticuatro horas al día: Nueva York, Chicago o Londres viven tanto de día como de noche), el silencio cuesta más que el oro.
No critico a los Estados Unidos; mis hijos viven allí, y mis nietos. Es el futuro del hombre, ni más ni menos. No critico. Son más honestos que nosotros en sus estadísticas. ¿Qué dicen sus cifras recientes? El 85 por ciento de los adolescentes no puede leer sin oír música al mismo tiempo, generando lo que los psicólogos llaman el «flicker effect», el efecto de centelleos de luz: la televisión está presente, encendida, en el rabillo del ojo, mientras fingen que leen. Nadie puede leer un texto serio en esas condiciones. Sólo en silencio, en el silencio más absoluto posible, puede leerse una página de Pascal, de Baudelaire, de Proust o de quien sea.
Segunda condición: un espacio privado. En casa, un cuarto, incluso pequeño, donde uno pueda estar con un libro, donde podamos entablar ese diálogo sin la presencia de otros en el mismo cuarto. Se trata de una idea que no siempre se comprende. La maravilla de la música es que se puede compartir con muchos. Se puede escuchar en grupo, se puede escuchar con la gente que queremos, se puede escuchar con los amigos. La música es el lenguaje de la participación, no la lectura. Es verdad que se puede leer en voz alta, y deberíamos hacerlo mucho más a menudo. ¡Es un escándalo, el ocaso de la lectura en voz alta a los niños, e incluso entre adultos! Con frecuencia los grandes textos del siglo XIX están hechos para leer en voz alta, podría demostrárselo: hay páginas enteras de Balzac, de Hugo, de George Sand, cuya cadencia, cuyo ritmo estructural, son un desarrollo oral que debemos escuchar y captar. He tenido la gran suerte de que mi padre me leyera en voz alta antes de que comprendiera (ese es el secreto), antes de que lo captara todo.
Así pues, silencio, espacio privado. Y en tercer lugar, una idea terriblemente elitista (pero me gusta la palabra «élite»; es la palabra que quiere decir que unas cosas son mejores que otras. No quiere decir más que eso): tener libros. Las grandes bibliotecas públicas han sido la base de la educación y de la cultura del siglo XIX y de muchos genios del siglo XX. Pero tener una colección de libros propios, que te pertenecen, que no se tienen en préstamo, es crucial. ¿Por qué? Porque es esencial leer lápiz en mano.
L. A. Creo que distingue usted, en la humanidad, entre dos tipos de personas: los que leen con un lápiz y los que no.
G. A. En efecto. Y lo repito: casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el libro que está leyendo. Es una de las grandes arrogancias culturales de mi pequeño y trágico pueblo.
Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: «¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!». No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo: «El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Es in extremis pero encierra una gran verdad. Tener unas obras completas es recibir a un invitado a quien damos las gracias y de quien también toleramos los defectos, que incluso llegan a gustarnos. Y años más tarde, por esnobismo o arrogancia de mandarín, tratamos de ocultar los rastros de lecturas equivocadas o falsas interpretaciones. ¡Pero es una tontería! Las puertas de la poesía se me abrieron cuando mi padre me regaló, a orillas del Sena, en los muelles —costaba cuatro perras, nadie lo quería—, Los Trofeos de José María de Heredia. Aquí la tengo, mi primera edición de Heredia. Todavía hoy sigo sintiendo que tengo una enorme deuda con ese señor muy estirado, muy pomposo, muy académico, y a pesar de todo gran poeta. El hallazgo de un libro puede cambiar una vida. Estoy (he contado esta anécdota varias veces) en la estación de Fráncfort, entre un tren y otro y —eso sólo podía ocurrir en Alemania, donde había buenos libros en los quioscos— veo un libro; no conozco el nombre del autor: CELAN. El nombre de Paul Celan me intriga. Abro el libro en el quiosco mismo y me topo con esta primera frase: «En los ríos, al norte del futuro…». Casi pierdo el tren. Y cambió mi vida para siempre. Sabía que ese libro escondía algo inmenso que iba a formar parte de mi vida.
La experiencia de un libro es la más peligrosa y la más apasionante que hay. Obviamente, un libro puede corromper; es absurdo no reconocerlo abiertamente. Hay lecciones de sadismo en los libros, hay lecciones de crueldad política, de racismo. Y como pienso que Dios es el tío de Kafka (estoy convencido), no nos pone las cosas fáciles. Parece ser que, poco antes de morir, Sartre —que no era muy dado a prodigarse en elogios— dijo: «Sólo uno de nosotros sobrevivirá: Céline». Lo dijo Sartre. Es evidente que Proust y Céline se dividen la lengua francesa moderna. No hay un tercero. Y pensar que Dios ha permitido a ese asesino antisemita, a ese hooligan, a ese gánster del alma que fue Céline como escritor (no lo era en la vida real, lo que complica aún más las cosas), crear una nueva lengua y luego escribir De un castillo a otro y Norte (dos obras maestras shakesperianas, a mi juicio), me llena de desazón. Me deja muy agradecido y muy enfadado a la vez. Y trato de apartar de mí ciertos libros que son un veneno destructor.
Estoy en contra de toda forma de censura. A la vez por razones intelectuales evidentes y por razones prácticas. Al final el censor no tiene ninguna autoridad. Fíjese, por ejemplo, en esa forma de pedofilia en el cine, en la televisión, en la literatura, en el cómic, que tiene tanto éxito en la actualidad. Para mí, sin embargo, quien toca a un niño está condenado. Condenado en todos los sentidos, teológico, humano, moral, positivista, científico, y lo que quiera añadir. Así que en eso, tal vez, estaría dispuesto a correr el riesgo muy grave de la censura. Pero no sería eficaz. Es una gran estupidez: se censura algo y hay millones de ejemplares que circulan bajo cuerda. El samizdat pornográfico forma parte de nuestra historia desde Adán y Eva. Lo que no quita que al menos me gustaría tratar de parar esa terrible ola de crueldad que asola a los jóvenes. Es un diluvio inimaginable.
L. A. Que en la actualidad, además, suele venir sobre todo en forma de imágenes y no en forma escrita.
G. S. Masturbarse a partir del lenguaje es mucho más intenso. Para algunos, la palabra es más intensa que la imagen; para muchos otros, la imagen tiene más fuerza, o la combinación de ambas. Mi padre, con su inteligencia demoníaca, había puesto las obras de Proust un poco más arriba en las baldas. Sabía perfectamente que iba a buscarlo. Obviamente lo busqué. Lo que más me impactó fue tratar de comprender esta frase: «hacer catleya», que expresa la libido total de Swann por Odette. Mi mundo cambió. Sentí vértigo. Ninguna imagen habría podido tener tanta fuerza, porque no comprendía del todo. No me atrevo a decirle lo que me imaginaba bajo la palabra catleya…
L. A. ¡Atrévase!
G. S. Era de una riqueza, de una riqueza infantil. Era un cuento de hadas negro, imagine lo que quiera. En esas cosas cada persona tiene una sensibilidad muy diferente. Añado una cuestión esencial, que dejaremos abierta porque no tengo ni un atisbo de respuesta: ¿acaso la música puede pervertir hasta el sadismo? Cuestión muy difícil.
L. A. A propósito de la lectura, cuando usted relee, por ejemplo, los textos de Platón o de Parménides (tengo entendido que lee a Parménides cada mañana), ese método de lectura incansable —como si un texto nunca pudiera acabar de descifrarse— ¿procedería en su caso del método talmúdico?
G. S. El asombro se renueva continuamente. Hemos hablado de ciertos textos bíblicos, podríamos hablar de los textos platónicos, podríamos hablar de las Meditaciones de Descartes; el asombro de que un hombre, más o menos como usted o como yo, sea capaz no sólo de pensar sino de expresar sus pensamientos. No sabemos nada de los millones de pensamientos que se han perdido para siempre por no haber encontrado un medio de expresión. Pero al mismo tiempo, me suelo preguntar si esa vuelta constante al pasado no es en sí misma una huella de la edad, la huella de cierto cansancio. En la actualidad hay ciertos textos importantes postestructuralistas y postderridianos que me superan; sencillamente no los entiendo, no sé de qué hablan, qué están contando. Y eso es muy mala señal, indica que ciertos músculos de la atención están cansados. Porque la atención es muscular, prácticamente no caben dudas al respecto. Es algo neurofisiológico. Poco a poco empieza a quebrarse la concentración. Pero no importa, he pasado momentos estupendos.

L. A. En su caso, la lectura es una especie de intento permanente, a menudo abortado, de armonía consigo mismo; al mismo tiempo es, si no me equivoco, una especie de deber moral. Dice usted, en Los logócratas, que tenemos una responsabilidad hacia los libros. ¿De qué tipo de responsabilidad se trata?
G. S. Para empezar es la responsabilidad de conservarlos, en el sentido más físico. En el incendio de la biblioteca de Sarajevo perdimos mil seiscientos grandes manuscritos incunables que nunca se habían reproducido y que se han perdido para siempre. Con la llamada Biblia de los albigenses tal vez hayamos perdido uno de los documentos más importantes sobre la verdad humana. La desconocemos completamente y nunca podremos recuperarla. Para empezar se trata, por tanto, de dar a los libros la posibilidad de sobrevivir.
Nuestra segunda responsabilidad es lo que dice Rilke en su gran soneto sobre el torso arcaico de Apolo en el Louvre: «Mira ese torso. ¿Qué te dice? ¡Debes cambiar tu vida!». Del mismo modo, el libro, o la música, o el cuadro, me dicen: «¡Debes cambiar tu vida! Tómame en serio. No estoy aquí para ponértelo fácil». Lo mismo sucede con Kafka, que nos dice que un libro debe ser el hacha que quiebra el mar helado que tenemos dentro; de no ser así no valdría la pena leerlo. Es una exageración, a veces también hay que leer libros ligeros, libros hermosos que nos reconfortan un poco. Pero también es importante reaccionar ante un libro en ese diálogo del que ya hemos hablado. Lo que resulta cada vez más difícil. Le doy un dato que me deja de piedra: en las buenas librerías de Londres, una primera novela tiene diecinueve días de vida. Si al cabo de diecinueve días no ha tenido eco en la prensa, en los medios, si no empieza a ser un gran éxito, la sentencia es: «Lo siento mucho, no hay espacio», el libro se devuelve, se guillotina, o acaba en las librerías de descuento, donde se vende a un tercio de su precio, o nos lo encontramos tirado por el suelo.
Ni que decir tiene que en la actualidad ser un joven escritor, un joven poeta o un joven que acaba de publicar su primera novela es un desafío abrumador. Hay que tener nervios de acero. A menudo la obra maestra se reconoce muy muy lentamente. Suele citarse a Stendhal: «Me harían falta cien años». Tenía razón, tenía confianza. Pero hay muchos ejemplos del mismo fenómeno. Y el mayor privilegio del crítico, del profesor, es redescubrir lo que había caído en el olvido. Así que tenemos una gran responsabilidad hacia ese milagro que es el libro y en la lucha contra una comercialización total. Es un grave dilema decidir qué es peor, si la censura política o la censura económica.
L. A. ¿Lo que une al Libro con los libros no será tal vez el misterio de toda creación, que le gusta tanto evocar, y la necesidad de trascendencia que lo acompaña?
G. S. Los que saben crear no saben cómo ni por qué lo hacen. ¿Cuál es la causa de que se produzca algo así en la gran creación? No sabría decirlo. En este campo Dios nos protege de la vulgaridad de la neurofisiología; no son los biólogos los que van a explicarnos, mediante el juego de las sinapsis, de dónde viene el destello, el relámpago creador.
En un jardín de infancia, en Berna, llevan a unos niños de cinco o seis años a un picnic. Los ponen delante de un acueducto y les dicen: «¡Dibujad el acueducto!». ¡Dios mío, vaya rollo! Un niño dibuja el acueducto y a cada pilar le pone unos zapatos; desde entonces —tenía seis años—, todos los acueductos del mundo están en movimiento. Se llamaba Paul Klee. Lo mismo sucede con los cipreses de Van Gogh: ya no hay ni un solo ciprés que no sea una antorcha. Fue él quien se percató de que los cipreses eran antorchas. O bien Mozart, que, cambiando tres acordes a una bonita melodía de Salieri, compone un aria grandiosa. Es una terrible injusticia.
Esa es la diferencia; yo la conozco, esa diferencia, y se la enseño a mis alumnos. Les digo: «Ojalá pudierais ser creadores, sería mi mayor gozo». En cincuenta y dos años he tenido cuatro alumnos con mucho más talento que yo, mucho más inteligentes, mejores, y esa ha sido mi mayor recompensa.
Tal vez —espero que no— un día haya una neuroquímica de la creación: comprenderemos qué arcos eléctricos del cerebro de un Picasso hicieron posible la revolución que inició. Hasta ahora —y si nada cambia—, todo eso sigue siendo un misterio.
L. A. Leyéndole a usted, escuchándole, a veces se tiene la impresión de que para usted la civilización se detuvo en el siglo XVII, en su percepción fascinante de la posibilidad de un ser humano en armonía consigo mismo y con la idea de la belleza.
G. S. Nada de eso, como crítico he abierto las puertas a los escritores más modernos, haciendo conocer, por ejemplo, a Paul Celan en Inglaterra. Siempre he leído lo más novedoso para tratar de desbrozar su camino. Pero es verdad que una civilización sobre la posibilidad de lo trascendente —lo que Nietzsche llama el mysterium tremendum del hombre, lo que intenta (con muchas reservas) pensar un Heidegger—, una civilización en la que ya no puede decirse, como Wittgenstein: «¡Si hubiera podido, habría dedicado mis investigaciones filosóficas a Dios!», una civilización que hubiera perdido esas posibilidades estaría, a mi modo de ver, en grave peligro.
—George Steiner, "Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler" - Capítulo: «Dios es el tío de Kafka»: Del Libro a los libros
📖 Ficha del libro
Título: Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler
Autor: George Steiner
Entrevistadora: Laure Adler
Título original: Un long samedi
Traducción: Julio Baquero Cruz
Editorial (edición en español): Siruela
Colección: El Ojo del Tiempo (n.º 92)
Año de publicación (edición original en español): 2016
Páginas: 144
Idioma original: Francés
Género: Entrevista – Ensayo – Conversaciones – Filosofía – Memorias intelectuales
ISBN: 978-84-16638-75-8 (edición en papel)
Sinopsis
A lo largo de una serie de conversaciones mantenidas entre 2002 y 2014, George Steiner recorre los grandes temas que marcaron su vida y su pensamiento: la literatura, la música, el Holocausto, el judaísmo, el lenguaje, la educación, Europa, el amor por los clásicos y el papel del intelectual en una época dominada por la inmediatez. Más que una entrevista convencional, el libro constituye un autorretrato intelectual en el que Steiner combina recuerdos personales con reflexiones profundas sobre la cultura occidental.
Temas principales
- El lenguaje como hogar del ser.
- La memoria europea después del Holocausto.
- La educación y la figura del maestro.
- La lectura de los clásicos.
- La música como experiencia espiritual.
- Judaísmo e identidad.
- La crisis de la cultura humanista.
- El compromiso moral del intelectual.
- El amor y la transmisión del conocimiento.
Ideal para lectores de…
- Ensayo humanístico.
- Filosofía de la cultura.
- Crítica literaria.
- Historia intelectual del siglo XX.
- Lectores de George Steiner que busquen una excelente puerta de entrada a su obra.
Una curiosidad
El título Un largo sábado alude a la tradición judía del Shabat, ese tiempo suspendido dedicado a la contemplación, la conversación y el pensamiento. El libro transmite precisamente esa sensación: la de sentarse durante una larga tarde con uno de los intelectuales más brillantes del siglo XX para escucharlo pensar en voz alta.