¿Por qué Scarlett O’Hara sigue siendo una de las protagonistas más fascinantes de la literatura? Tema: Efemérides, Grandes clásicos
Hay personajes que conquistamos desde la primera página. Otros nos irritan. Algunos nos enamoran. Y después está Scarlett O’Hara, que consigue algo mucho más difícil: obligarnos a cambiar de opinión sobre ella una y otra vez.
Noventa años después de la publicación de Lo que el viento se llevó, la protagonista creada por Margaret Mitchell sigue siendo una de las figuras femeninas más complejas de la literatura universal. No porque sea un ejemplo de virtud, sino precisamente porque no lo es.
Scarlett miente, manipula, es egoísta, orgullosa, impulsiva y, muchas veces, despiadada. Sin embargo, millones de lectores continúan acompañándola durante más de mil páginas. ¿Cómo lo consigue?
Una heroína que nunca quiso ser heroína
Cuando conocemos a Scarlett, es apenas una adolescente acostumbrada a obtener todo lo que desea. Su mundo parece inamovible: fiestas, vestidos elegantes, plantaciones, bailes y una larga lista de admiradores. Está convencida de que el futuro será exactamente igual que el presente.
Entonces llega la Guerra de Secesión y ese universo desaparece para siempre. A partir de allí todo se vuelve mucho más interesante, ya que Margaret Mitchell no convierte a Scarlett en una víctima resignada. Tampoco en una santa. La convierte en alguien dispuesto a hacer casi cualquier cosa para sobrevivir.
Mientras otros personajes permanecen aferrados a las viejas costumbres, Scarlett entiende que el mundo cambió. Puede que no le guste, pero aprende a vivir en él.
El verdadero motor de Scarlett no es el amor
Quienes nunca leyeron esta historia ni vieron la película, piensan que Lo que el viento se llevó es una gran historia romántica. Sin embargo, el corazón de la novela está en otro lugar.
Scarlett no se mueve por amor, sino por miedo: miedo al hambre, a perder su tan amado hogar, a volver a ser vulnerable.
De hecho, su famosa promesa de que jamás volverá a pasar hambre es mucho más importante que cualquiera de sus relaciones sentimentales. Desde ese momento, todas sus decisiones —las acertadas y las desastrosas— están atravesadas por la necesidad de sentirse segura. Y es ese detalle el que justamente explica muchas de sus contradicciones.
Confundir el amor con la obsesión
Uno de los aspectos más brillantes de la novela es la relación entre Scarlett y Ashley Wilkes. Durante años, Scarlett está convencida de que lo ama. Pero ¿realmente es así?
Con el paso de las páginas, la respuesta parece ser otra, y de pronto el amor de Scarlett parece ser más que nada una fascinación, una obsesión adolescente.
Ashley representa un mundo perdido. Es el símbolo de una infancia perfecta, de una sociedad que desapareció con la guerra. Scarlett no está enamorada del hombre, sino de lo que él significa.
Mitchell retrata así un fenómeno profundamente humano: y es que muchas veces perseguimos una ilusión mucho más que a una persona. Quizás por eso, aún cuando Scarlett pueda ser una protagonista incómoda, nos resulta imposible odiarla, al contrario, muchas veces empatizamos con ella y la entendemos.

Rhett Butler: el único que la comprende
Y este papel, el que a veces tenemos los lectores es protagonizado dentro de la novela por Rhett Butler. Rhett aparece como el gran contrapunto de Scarlett y sin embargo es el único que la comprende.
Él también entiende que el viejo Sur está condenado. Él también es pragmático. Él también sabe adaptarse.
Pero hay una diferencia fundamental. Rhett conoce a Scarlett mejor que ella misma. Ve detrás de su orgullo, de sus caprichos y de su ambición. Comprende que esa mujer aparentemente fría vive impulsada por el miedo.
Quizás por eso su relación resulta tan intensa: ambos se reconocen como dos supervivientes, aunque nunca logran encontrarse en el momento adecuado.
Una protagonista incómoda
Y es que, como dijimos, resulta difícil a veces empatizar con Scarlett. En una época en la que muchas heroínas literarias eran modelos de bondad, Scarlett rompía todas las reglas.
Ella no busca agradar, no pretende ser moralmente ejemplar ni espera que nadie la rescate. Por el contrario, ante la adversidad, se decisión es la opuesta: trabaja, negocia, administra la finca familiar y desafía las expectativas sociales de su tiempo.
Paradójicamente, muchos de los rasgos que hicieron que fuera criticada en 1936 son los mismos que hoy nos permiten leerla como un personaje extraordinariamente moderno y admirar a Mitchell por imaginar una heroína con esas características.
Quizás por ello seguimos leyendo con tanta pasión este libro y sintiendonos atraídos por Scarlett, porque no es perfecta, se equivoca, hiere a quienes ama, confunde deseo con amor, orgullo con fortaleza y terquedad con valentía. Pero, sobre todo, porque nunca deja de avanzar: cuando pierde una batalla, busca otra estrategia; cuando fracasa, vuelve a intentarlo; cuando el mundo entero parece derrumbarse, se obliga a pensar en el día siguiente.
Todo eso conforma un combo que nos resulta magnético. No es casual que la última frase de la novela siga emocionando a millones de lectores: “Después de todo… mañana será otro día”.
Y esta línea no tiene que ver con el optimismo, sino que es una declaración de supervivencia.
Allí reside el secreto de Scarlett O’Hara. No representa a la persona que quisiéramos ser. Representa a esa parte de nosotros que, incluso después de las peores derrotas, se niega a dejar de luchar.
Y tal vez sea precisamente por eso que, nueve décadas después, continúa siendo una de las protagonistas más inolvidables de toda la literatura.