“La ética de la crueldad”: ¿La buena literatura debe hacernos felices? Tema: Ensayo, Hay que leer, Reseñas
Mi edición de este libro ya está viejita y maltratada pero creo que es uno de los mejores ensayos sobre literatura que tengo en mi biblioteca. De vez en cuando vuelvo a sus páginas y hoy aprovecho para hablarles un poco de esta polémica tesis de José Ovejero.
Se trata de Ética de la crueldad, un libro que va a modificar para siempre la forma en la que lees y analizás las novelas que caen en tus manos, ya que Ovejero te va a interpelar con una pregunta un tanto incómoda: ¿qué buscás realmente en la literatura?
En este sentido, toda la respuesta que va a ir estructurando ladrillo a ladrillo Ovejero va a ser provocadora: la gran literatura no está para entretenerte, acunarte, darte la razón ni finalmente confirmar tus ideas sobre el mundo. Al contrario: cuando una obra es verdaderamente importante suele producir una pequeña herida, una incomodidad. Pone en foco e ilumina todo aquello que preferimos no mirar, poniendo en duda nuestras certezas y enfrentándonos a personajes, situaciones y decisiones moralmente incómodas.
El resultado va a ser incómodo pero fundamental, ya que como lector no vas a salir siendo la misma persona que entró en las primeras páginas de ese libro. Y finalmente esas son las lecturas que valen la pena, las que te ofrecen otros puntos de vista, la que ensanchan tu mirada, las que hacen tambalear y caer las estructuras que te sostienen como ser humano.
La “crueldad” del título no debe entenderse como una defensa de la violencia o del escándalo gratuito. Es otra cosa. Es la capacidad que tiene una obra de arrancarnos del lugar cómodo desde el que solemos leer. Un libro cruel no busca que pasemos un buen rato; busca un cambio que en el mejor de los casos no quede en anécdota sino que derive en acción.
“No es un libro para aprender a escribir ni para entender una novela concreta. Es un libro para cambiar la manera en que leemos. Después de Ovejero, uno empieza a sospechar de las historias demasiado complacientes y descubre que, a veces, los libros que más incomodan son también los que más permanecen con nosotros.”
Para desarrollar esta tesis, Ovejero recorre autores tan diversos como Georges Bataille, Elias Canetti, Juan Carlos Onetti, Luis Martín-Santos, Elfriede Jelinek o Cormac McCarthy. No los analiza para establecer un canon, sino para mostrar cómo ciertas novelas utilizan la violencia, el deseo, la humillación o la degradación humana como herramientas de conocimiento. Lo perturbador, en estas obras, nunca es un fin en sí mismo: es un camino para comprender mejor la complejidad del ser humano. Una tarea que muchas veces ha convertido en parias a los autores de estas novelas, que terminaron siendo juzgados severamente por sus obras. (por ejemplo, un miembro del comité que entrega los Nobel de Literatura renunció en 2005 en protesta por la entrega del premio a la austríaca Elfriede Jelinek).
Lo interesante es que el ensayo también funciona como una crítica a cierta tendencia contemporánea que espera que el arte sea edificante, terapéutico o moralmente ejemplar. Ovejero recuerda que la literatura no tiene la obligación de educarnos ni de ofrecernos modelos de conducta. Pero tampoco debe adormecernos ofreciéndonos lecturas ligeras que sólo nos entretienen por unas horas utilizando una estructura prediseñada que nada nos aporta ni en nada nos ilumina.
A ver, no está mal elegir lecturas para evadirnos un rato de la realidad o simplemente divertirnos un rato. Pero tampoco debemos olvidar que en lo que a la buena literatura concierne, ésta no siempre está para acariciar; a veces también está para sacudir. Y tal vez esa sea una de las formas más profundas del arte: no responder nuestras preguntas, sino enseñarnos a formular otras mejores.
¿Por qué vale la pena leerlo hoy?
Porque vivimos en una época que nos recomienda libros “que te van a hacer bien”, algoritmos que nos muestran aquello con lo que ya estamos de acuerdo y redes sociales donde cada opinión parece dividirse entre el aplauso y la cancelación. En ese contexto, José Ovejero propone exactamente lo contrario: leer para desestabilizarnos.
Su ensayo nos recuerda que la literatura no nació para darnos la razón, sino para obligarnos a mirar el mundo desde lugares incómodos. Nos invita a convivir con personajes moralmente ambiguos, con ideas que desafían nuestras convicciones y con preguntas que no tienen respuestas fáciles.
También es un libro profundamente actual porque cuestiona una tendencia creciente: exigir que las obras de ficción sean ejemplares, edificantes o moralmente correctas. Ovejero defiende el derecho de la literatura a explorar lo oscuro, lo contradictorio y lo perturbador, precisamente porque allí suele esconderse una verdad sobre la condición humana que los discursos más cómodos no alcanzan a mostrar.
En tiempos de lecturas rápidas, reseñas de treinta segundos y recomendaciones basadas en el entretenimiento, este ensayo reivindica la experiencia de un libro que nos cambia, incluso cuando no nos gusta lo que descubrimos.
📚 Ficha del libro
Título: Ética de la crueldad
Autor: José Ovejero
Género: Ensayo literario
Editorial (edición original): Anagrama, colección Argumentos
Primera edición: Mayo de 2012
Premio: 40.º Premio Anagrama de Ensayo 2012.
Páginas: 200 (edición Anagrama). En 2026 apareció una edición revisada y ampliada en Galaxia Gutenberg, de 184 páginas.
Tema: Literatura, ética, crítica literaria, filosofía del arte.
Ideal para lectores de…
- George Steiner.
- Susan Sontag.
- Milan Kundera (El arte de la novela).
- Ricardo Piglia.
- Quienes disfrutan pensar la literatura más allá de la trama.
Fragmento:
Una sociedad que no cree lo que le cuentan, dispuesta a desmontar cada uno de los mitos en los que se basa la convivencia, no llegará más lejos que una sociedad llena de fe, pero es probable que cometa menos barbaridades, que sea más difícil arrastrarla al convencido salvajismo en el que suelen incurrir los crédulos. La razón es más lenta que la fe y quizá por eso puede parecer impotente; también la autocrítica ralentiza la toma de decisiones. La crueldad ética nos inmoviliza un instante, nos impide seguir caminando como si supiésemos adónde vamos; es verdad que una vez que perdemos el impulso resulta difícil elegir un camino, y muchos se quedan parados para siempre en la encrucijada porque no creen que se pueda avanzar en ninguna dirección; otros, sin mucha fe, dispuestos a volver atrás si es necesario, a cambiar de rumbo, sí encontrarán una manera de seguir viviendo, y actuando, también una manera de negarse a actuar como les exigen, y la negación no es un síntoma de impotencia, como parece creer Beigbeder; negarse, rechazar, rebelarse son verbos cargados de energía y que a veces exigen más entrega que afirmar, seguir el camino trillado, someterse, ser lo que nos dicen que debemos ser.
Una literatura que provoca indecisión, incertidumbre, y a la vez exige esfuerzo, va en contra de las expectativas del lector y de la lógica capitalista. El ocio sirve para descansar, el esparcimiento es preferible a la concentración, el lector necesita ser entretenido, recuperar fuerzas para poder después continuar produciendo, y sobre todo no le hace ninguna falta que siembren dudas en su cerebro sobre el bien y el mal, sobre una existencia que se niega a ser la del consumidor/productor. La literatura realmente cruel, la que desbarata nuestras certezas, parece abocada, si no a la desaparición, a ser cada vez más marginal. No es ni pop ni afterpop, ni moderna ni posmoderna; más bien, se filtra en los entresijos de las poéticas de usar y tirar, es elitista porque insiste en no rumiar la misma papilla que nos dan casi gratis y que nos dificulta despegar los labios, reniega de la pedagogía pero no se resigna a que no se pueda aprender nada, derriba sin saber qué construir en lugar de lo derribado, hace daño y niega después el consuelo. La cuestión que todo escritor, y todo lector, debe plantearse antes de empezar un libro cruel es: ¿quieres mirar o prefieres seguir confortablemente transitando sólo por las aceras iluminadas?